En el silencio de las
Murallas adoquinadas,
-allá en la antigua Alameda-
Mientras el sol se oculta
Y las aves se agrupan
Para dormir;
Hemos podido intuir
El sonido del salitre cuando
Acaricia la marea,
Repitiendo al anochecer
Su eterno sueño de verano.
Y es que este lugar no está vacío.
No son sólo sus rocas
-ni es sólo el mar-
Que te cogerá y te atrapará, como
Ha atrapado mi alma y mi recuerdo;
Que no puedo dejar de pensar,
De sonreír ante lo más sencillo,
Que es su sonrisa y es el mar...
Que no es el mar;
Que son sus ojos y su transparencia,
Que es aquella certeza
Encontrada en el desierto,
Que ofrece agua y dulzura
A una boca necesitada.
El tiempo se me convierte
En algo inútil.
El aire se me vacía
Entre estos filos de piedra;
Estas rocas fosilizadas
Que a miles de seres
Han mutilado, ahora
Arañan mi ser y mis ojos.
Ojalá volvamos a pasear y
Volvamos a fotografiar
Estas sombras. Esta ciudad
Que sobrevive
-casi muerta-
A una edad muy avanzada.
Esta ciudad que me desgarra,
Con el peso de su belleza,
Cuando no tengo tu amor.